David de la Hoz

Opinión. Las Islas y el mar

David de la Hoz.-

Ya casi nadie duda de la pertinencia de una buena parte de los estudios científicos que señalan al ser humano como catalizador de transformaciones significativas en el equilibrio medioambiental. La propuesta de Antropoceno como término para hacer referencia a una nueva era geológica en la historia del planeta (cada vez más extendida entre la comunidad científica), señala de manera muy clara no sólo la ineludible responsabilidad de nuestra especie en relación con la naturaleza, sino la voluntad de los investigadores de generar en la ciudadanía una toma de conciencia, que debe verse acuciada por los hechos para comprender la necesidad de iniciar cambios en los hábitos de producción y de consumo que nos conducen, actualmente, hacia desequilibrios irreparables. Es preciso avanzar hacia el modelo de una economía circular, con el objetivo de residuo cero, y que persigue reducir nuestra huella ecológica en la biosfera.

En este contexto, los territorios insulares son, por la fragilidad de los equilibrios que los sustentan, especialmente significativos a la hora de señalar los quebrantos producidos por el ser humano sobre las condiciones medioambientales que han permitido la vida y el desarrollo de nuestra especie. Al tratarse de espacios cerrados, con límites bien determinados y con recursos fácilmente cuantificables, las islas se convierten en laboratorios involuntarios de tales transformaciones.

En estos últimos meses hemos asistido con perplejidad al alumbramiento de grandes manchas de microalgas en las costas canarias. Frente a lo que habitualmente invita a pensar por su enorme extensión y majestuosidad, el mar es un espacio frágil, sujeto de modo muy intenso a los dictámenes de la autorregulación. La dinámica física del agua explica esa fenomenología particular: el mar está constantemente sujeto a las querencias del reequilibrado, su temperatura, su salinidad y sus movimientos a lo largo del plantea lo convierten, a la vez, en un sistema de regulación y en un potente distribuidor de la climatología planetaria.

La sociedad canaria no ha permanecido ajena a la proliferación del fenómeno, muy al contrario, una preocupación creciente se ha instalado entre nosotros. Es cierto que el tiempo necesario para la elaboración de estudios —tanto como los lenguajes utilizados para explicarlos— ha posibilitado la extensión y la proliferación de teorías muchas veces disparatas y ajenas a la realidad. Pero del mismo modo, cabe reconocer que el resultado de las investigaciones habla de situaciones excepcionalmente anómalas en relación con la temperatura de las aguas, la ausencia de régimenes de vientos habituales o la presencia continuada de calimas, ¿acaso podemos negar rotundamente que tales sintomatologías son ajenas a la acción del hombre? Evidentemente que no.

Parece inevitable a estas alturas que las Islas puedan renunciar al debate que la naturaleza parece plantearles en estos momentos. Independientemente de cualquier otra circunstancia, de la salud del mar depende, en gran parte, la salud de las Islas, y viceversa. Estos días la prensa recordaba que la sal que procede del mar comienza a contener en su seno cantidades significativas de plásticos que los seres humanos consumimos e introducimos en nuestro organismo. Como ciudadanos de las islas somos irremediablemente ciudadanos del mar. Es preciso abrir un debate serio acerca de las exigencias que los territorios insulares del planeta estamos dispuestos a plantear ante los territorios continentales acerca del medio ambiente y el modo en que nos afecta. Es necesario, además, que Canarias lidere procesos universales en relación con el cambio climático y la sostenibilidad –allí donde la palabra de las Islas debe ser escuchada- a través de foros y espacios que aglutinen intereses particulares de este tipo de territorios.

Tenemos que incorporar el concepto de Antropoceno al vocabulario habitual de los ciudadanos de las Islas, para una mejor interpretación del presente, porque en estos momentos es imposible ignorar y es inmoral claudicar ante los retos presentes y futuros que se nos plantean como humanidad. El bionacionalismo es el compromiso que algunos hemos adquirido con nuestro entorno y con la sociedad canaria para hacer frente a esos desafíos. Una de las ponencias marco de nuestro último congreso de Coalición Canaria, bajo el título “Pensando en el futuro, una Canarias sostenible”, subrayaba ya la importancia de trasladar a la ciudadanía y transformar en acción política ese debate apasionante sobre el presente y el porvenir de nuestra tierra canaria.

Un debate que pasa necesariamente por establecer en qué lugar real se encuentran los límites del desarrollo turístico, apuntar hacia nuevos ratios de productividad en relación con la explotación del territorio y habilitar cifras y hechos que devuelvan la relación entre océanos e islas a un espacio de equilibrio.

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