Opinión. ¡Póngame un café!

Juan Manuel García-Ramos.-

Decía el lanzaroteño cosmopolita y hombre de opiniones nunca despreciables, Domingo Hernández Peña, en una conferencia impartida en Canarias en 2016, que mientras el peninsular llega al bar y pide con resolución «¡Pongame un café!», el canario siempre tiende a cierta sumisión: «¿Me pone un café?».

Me sirve la observación de Hernández Peña para aplicarla a lo que he venido en llamar «autonomismo blandito» del PSOE canario, lo que ya le costó un gobierno autónomo en la primavera de 1993, cuando el ministro Carlos Solchaga se desentendió de la aprobación de las bases económicas del Régimen Económico Fiscal de entonces y dio pie a que en el Parlamento de Canarias se obtuviera una aritmética de treinta y un diputados no vinculados a partidos estatales españoles, lo que fue el núcleo del nacimiento de Coalición Canaria, la verdad que de una Coalición Canaria bastante distinta a la actual.

El Solchaga de ayer es el José Luis Escrivá Belmonte de hoy, y las bases económicas del REF de 1993 son, en estos días, los despropósitos del Estado español a la hora de sistematizar una política migratoria para Canarias. Es el mismo desprecio ministerial por asuntos sumamente esenciales para nuestro Archipiélago en momentos muy difíciles para nuestra supervivencia económica, social y, si me apuran, de simple dignidad colectiva de lo que para nosotros es sin duda una nación atlántica.

En el caso de la inmigración irregular, la improvisación ha de ser susitutida por la planificación. Y no se trata de xenofobia, pues desde los mitos clásicos sabemos que todos somos inmigrantes irregulares. La inmigración irregular está en el origen de Europa, pues será Europa, la muchacha así llamada que llega irregularmente desde Fenicia, hoy Líbano, a la isla mediterránea de Creta, isla donde vivirá enamorada de Zeus y dará a luz a una dinastía real,  la que termine por darle nombre al Viejo Continente.

Es lógica la huida de seres humanos del continente africano en busca de una vida mejor, un anhelo generalizado que las mafias del tráfico migratorio, muchas veces en connivencia con autoridades marroquíes, mauritanas o senegalesas,  explotan con la meticulosidad de sindicatos del crimen: lo que ponen primero es cobrar los dos mil quinientos o los cuatro mil dólares o euros por persona transportada, lo que les importa un comino es si esa persona llega bien al destino prometido.

Desde Canarias este problema hay que analizarlo, como mínimo, en una doble perspectiva. En primer lugar, comprobando cómo los países africanos citados aplican las cuantiosas ayudas recibidas desde la Unión Europea y España para frenar esos flujos migratorios que parten desde las costas de la cornisa nororiental africana. Sabemos que a finales de 2018 la UE desembolsó 140 millones de euros y España 40 millones al Reino de Marruecos para control migratorio. Con Mauritania y Senegal hay también acuerdos parecidos que se sufragan a través de lo que se denomina cooperación al desarrollo. Y en segundo lugar, previendo una acogida digna a los seres humanos que sean rescatados y conducidos a las distintas islas de Canarias. Y quizá también previendo cómo derivar a esas colectividades hacia los destinos europeos que ansían, y ahí Europa debiera tener una política definida, cosa que no parece interesarle mucho.

Hoy, martes 8 de septiembre, me levanto con la vista puesta en las páginas de los periódicos en las que el presidente de Canarias, Ángel Víctor Torres muestra su descontento con el plante del ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones del Gobierno de España desde 2020. Y no sé por qué esa decepción del presidente canario me recordó la observación de Domingo Hernández Peña. Casi me pareció oír la voz algo quebrada de Ángel Víctor (y quede aquí al margen mi respeto personal y profesional por el amigo filólogo) pidiendo con cierta timidez si era posible que le sirvieran un café ministerial. Seguimos siendo subalternos.

Pero uno se cansa de advertir esta quiebra de nuestro carácter. Los males que aquejan hoy a Canarias, destrucción de empresas, destrucción de empleos, crecimiento de la exclusión social, turismo colapsado, contagios en alza de la jodida Covid-19, estrangulamiento de las tesorerías municipales, sin previsión de modelo económico alternativo, desconcierto general, es decir, miedo al futuro, no hacen sino volvernos más y más vasallos a la hora de enfrentar todas estas adversidades. El  miedo siempre genera y acrecienta la sumisión.

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