García Ramos

Opinión. Canarias ante la nación de naciones

Juan Manuel García Ramos.-

Estos días, los árboles del procés catalán no nos han dejado ver el bosque de las declaraciones del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez,  sobre su teoría de la “nación de naciones”,  teoría nada novedosa, por otra parte, si tenemos en cuenta que ya Ramón Tamames usó la misma expresión en su edición comentada de la Constitución Española de 1980, al referirse al artículo 2 de dicha norma superior.

En un desayuno informativo, celebrado el pasado 5 de este mes en el céntrico Hotel Villa Magna madrileño, Pedro Sánchez vino a decir que para él existen en España cuatro naciones con voluntad de considerarse como tales: la española, ¡cómo no!, la gallega, Euskadi y Cataluña,.

Oído ese cloquío  desde Canarias, el asunto nos vuelve a sonar a lo sucedido en el arranque constituyente español de 1978,  con lo que supuso nuestro falso acceso a la autonomía a través del café para todos del artículo 143 que nos endilgaron, error luego remediado, sólo en parte, con la promulgación de la LOTRACA, que significó el reconocimiento de las consiguientes transferencias complementarias que nos habían sido hurtadas.

Sánchez habla de naciones sin manejar un corpus conceptual riguroso y a nosotros hace tiempo que la definición que más nos convence, de lo que puede considerarse una nación, es la del abate Sieyés, el gran teórico de la Revolución Francesa y fundador de ese concepto para la modernidad. Es decir, una nación es “el conjunto de ciudadanos que residen en un determinado territorio en igualdad de derechos y sometidos a un mismo ordenamiento jurídico”.

Lo que prima en esa definición es, como vemos, el territorio, y no el hecho cultural ni el lingüístico, como algunos quieren hacernos creer a pie juntillas y arrimando el ascua a sus sardinas respectivas y egoístas, como determinantes y exclusivas marcas de lo nacional. Y si lo que prima es el territorio, como me señala el amigo Eligio Hernández, haciéndose eco de posiciones defendidas por el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, Roberto Blanco Valdés, la primera comunidad de las diecisiete que hoy conforman el Estado español que responde sin  discusión a ese requisito es Canarias. ¿Quién tiene un territorio más determinado?

Si Pedro Sánchez pretende abrir el melón de una reorganización territorial del Estado, debe hacerlo con mayor propiedad y pertinencia.

A los canarios nos ha costado mucho el ser reconocidos, en el contexto del Estado, como nacionalidad  -lo conseguimos en el Estatuto reformado de 1996-,  después de pasar, desde principios del siglo XIX, de meras islas realengas y de señorío, pura y dura colonia  –aunque ciertos postulados academicistas intenten convencernos de lo contrario–, a ser considerados provincia única (1833), con el pleito insular resultante,  correspondiente y empobrecedor, hasta llegar al primer documento jurídico-político que nos consideró, de verdad, como un solo pueblo (Estatuto de 1982).

Si Pedro Sánchez y el PSOE, con su consabida y esperanzadora concepción federal del Estado, se aprestan a otorgar títulos de nación a los distintos territorios que  conforman tal Estado, deben ser más cuidadosos con Canarias. Somos el ámbito territorial con las condiciones más excepcionales del Estado español  y no podemos permitir que en una nueva organización de ese damero político de España se ignore esta realidad.

Somos excepcionales, como también  hemos recordado estos días, hasta a la hora de optar por un futuro propio,  algo por ahora no previsto, y, si lo fuera en su día, siempre con el respaldo de nuestro pueblo, no de espaldas a él. En ese caso hipotético, nosotros podríamos acogernos a la Resolución 1514,  aprobada por la Asamblea de Naciones Unidades el 14 de diciembre de 1960, sobre el derecho a la descolonización de los pueblos del mundo. Cosa que no tendrían a su alcance otras nacionalidades históricas, incluida, claro está,  Cataluña.

Nuestra historia jurídico-política es diferente a la del resto de comunidades del Estado español. No hay que darle más vueltas a este asunto, las cosas son como son y estamos obligados a llamarlas por sus nombres.

Al señor Sánchez, si está decidido a otorgar motu proprio títulos de nación, tenemos que recomendarle que sea más escrupuloso y consecuente con Canarias y con nuestra  particular historia. La tendencia centralista y secular a considerarnos como un pueblo subalterno también ha impregnado a este Sánchez de la “nación de naciones”.

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