Cultura

Opinión. Nacionalismo y cultura

Juan Manuel García Ramos.-

Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, le propusieron retirar por completo el alto presupuesto que tenía cultura para destinarlo a gastos militares, Churchill contestó escandalizado: «¿quitarle el presupuesto a la cultura? ¡Entonces para qué luchamos!»

Dice Noam Chomsky que el único nacionalismo razonable en nuestros días es aquel que descansa en una cultura propia que asume y hace dialogar con el resto de las culturas del mundo.

El maremágnum ideológico actual y el secesionismo catalán nos han generado una confusión a la hora de presentar credenciales partidistas, todos parecen ansiar el centro neutro y nadie parece responsabilizarse de sus posiciones originales. Observo esto también en el nacionalismo canario, muy desnaturalizado en ciertas voces que hablan en su nombre.

No hay de qué avergonzarse al defender hoy una posición nacionalista desde estas Islas Canarias, la que para algunos sigue siendo, no sin parte de razón, la colonia más antigua del mundo. Canarias posee una cultura síntesis suma de un pueblo que llevaba más de dos milenios habitando las islas cuando llegaron los primeros europeos y de las distintas aportaciones europeas que vinieron a continuación, con el monoteísmo judeocristiano a cuestas, la filosofía racionalista griega y el derecho romano, que sigue rigiendo la convivencia de los pueblos occidentales. Esa hibridez nos hace singulares y diferenciados.

El debate territorial español nos obliga a pensar con originalidad sobre nuestro estatus (que no solo se contiene en las normas jurídico-políticas) en un nuevo orden de los pueblos que conforman la España actual. Son muchas nuestras diferencias con respecto a las naciones subestatales históricas españolas, como la vasca y la catalana, y, en ese sentido, hay que seguir reconsiderando con todas las consecuencias el lugar de Canarias en el ámbito del Atlántico Medio,  sin abdicar nunca de nuestra específica situación en el mapa de las naciones libres del planeta, aunque inscritos por ahora y sin complejos en la legalidad del Estado español y de la Unión Europea.

Un nacionalismo canario que se precie no debe dar prioridad a ser considerado como un mero territorio subsidiado por las estructuras estatales (Estatuto del 2018 y REF) o las supraestatales (Artículo 349 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y sus jugosas consecuencias presupuestarias para las regiones ultraperiféricas en las que estamos incluidos). Un nacionalismo canario que se precie ha de anteponer sus señas de identidad políticas, económicas, sociales y, especialmente, culturales, para reconocerse a sí mismo y para definirse ante el resto de las naciones del planeta. Sé que la fragmentación de un archipiélago entorpece el asumir la categoría de nación antes de la de isla, que la isla nos hace pensar en pequeñito y a veces nos distrae de  una concepción nacional más amplia.

En el sentido apuntado, nos gusta recordar cómo Canarias fue considerada como nación tanto en el Antiguo Régimen como en el  Nuevo Régimen que inaugura la Edad Contemporánea. Como nación la concibió en el siglo XIV el humanista florentino Domenico Silvestri o, con posterioridad, José de Viera y Clavijo en el siglo XVIII, Agustín Millares Torres, en el siglo XIX, que llega a hablar de «Estado histórico»;  Manuel Ossuna van den Heede a principios del siglo XX, en años próximos al ondear de la primera bandera autonomista en el Ateneo de La Laguna,  o el catedrático de la ULL Antonio de Bethencourt Massieu, en el siglo XX. Ninguno de ellos era sospechoso de militancia nacionalista.

Las grandes palabras, como la de nación, nos obligan a dilucidar sus acepciones, a profundizar en sus hondos sentidos. Esa es una labor pendiente del nacionalismo canario, que unas veces se ha precipitado poniendo la carreta delante de los bueyes y exigiendo un independentismo más emocional que meditado y, sobre todo, respaldado por la población mayoritaria, y otras veces se queda tan corto que oye la palabra nación y sale corriendo como gato escaldado. Difícil centrar un debate tan pendiente como necesario para saber dónde estamos y qué queremos en el contexto de los pueblos.

Muchas veces las leyes por sí solas no otorgan la personalidad jurídica que los pueblos reclaman, acabamos de verlo en la falta de respeto del Gobierno de Pedro Sánchez con las recientes normas aprobadas del nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias y de las medidas económicas del REF. Detrás de las leyes tienen que estar los pueblos que las han forjado y hecho reconocer ante otras instancias políticas superiores a las que pertenecen, léase Estado español en este caso. A los canarios nos falta ese nervio colectivo de exigir la índole de nuestra personalidad política. Queda mucho camino que transitar hasta alcanzar esa madurez ideológica, esa seguridad a la hora de afirmarnos como pueblo en marcha conocedor de sus raíces y de sus metas y ambiciones futuras.

El secreto está en eso tan simbólico que Churchill aventó sobre sus temerosos conciudadanos durante la segunda conflagración mundial. Ese concepto de cultura que está más allá de lo que es la audición de una sinfonía, de asistir a una exposición o de leer con placer una obra literaria. Ese algo que hace distintos a los pueblos y que, en buena lid, los debe invitar siempre al diálogo con los otros, pero sin que permita ninguno de ellos que se les falte al respeto. Eso que Chomsky reconocía como nacionalismo razonable.

 

 

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